Es muy dada la afición colchonera a tirar de esperanza cuando vienen mal dadas. Llevan años pidiendo el fin de los giles y cerezos y ahí siguen, dando color al Vicente Calderón cada quince días y perfumando con su olor una esencia incapaz de morir a pesar de lo que ocurra en el terreno de juego y, sobre todo, en los despachos. Es muy probable que el que siga pagando los platos rotos después del enésimo sinsabor sea Quique Flores, un entrenador que debería gozar de un crédito muy elevado después de devolver a las vitrinas del club, hace menos de un año, los laureles de antaño. Los proyectos en el Manzanares duran menos que en cualquier otro lugar y, gran culpa de que así sea la tienen los que manejan los hilos.
Se trata de obviar lo que sucede sobre la alfombra verde dando protagonismo a lo que sucede en el extrarradio. Es decir, cada día se alimentan noticias infundadas, como las posibles salidas del Kun Agüero, Diego Forlán o David de Gea cuando lo más oportuno, para evitar entrar en ese círculo vicioso de dimes y diretes sería, sin duda alguna, no levantar la voz. Sin embargo, Enrique Cerezo tiene una especial debilidad por los micrófonos y es incapaz no abrir la boca cuando una de esas alcachofas se le acercan. Como él, Gil Marín. Y, contagiados por los que mandan, acaban hablando de su futuro y por ende del presente poco alentador del equipo, los futbolistas. Enfrascados en ese mundo de habladurías ante un micro se olvida de lo realmente importante: hacer ruido sobre el campo.






