
Hubo pasillo, el deseadÃsimo pasillo. Los jugadores del Barça, sin Eto’o ni Deco, que se borraron de la gran cita, se comportaron como caballeros y reconocieron al merecidÃsimo campeón. Fue prácticamente lo único bueno que hicieron sobre el césped del Bernabéu. Lo mÃnimo del choque de esta noche era esperar a un conjunto culé enfurecido, dispuesto a amargar la fiesta merengue, a intentar dar una alegrÃa a una afición castigada por los últimos acontecimientos. Pero no, los blaugranas no aparecieron, ni siquiera dijeron presente, entregaron la cuchara nada más arrancar, renunciando a todo, jugando sin ganas ni convicción, transmitiendo una inaceptable e incomprensible apatÃa que hacÃa pensar en lo peor, sin orgullo, sin amor propio, sin reacción desde el banquillo, con un Rijkaard lógicamente hundido, consciente de que tiene los dÃas contados después de que el mismo club haya filtrado a los medios, la última genialidad de Laporta, quién será su sustituto.
Primero Raúl, luego Robben, lucho muchÃsimas ocasiones más, después HiguaÃn, increÃble lo suyo, y finalmente Van Nistelrooy desde los once metros por una discutida mano de Puyol. La manita parecÃa inevitable, el baño ya lo era, pero una excelente asistencia de Messi , uno de los pocos que lo intentó, a Henry cortó la sangrÃa barcelonista. La cara de VÃctor Valdés, que a pesar de los cuatro tantos encajados fue de lo mejorcito de los suyos, era un poema. Le faltó llorar de impotencia en determinados lances del choque, impotente, frustrado, viendo como el Madrid hacÃa en su área lo que le venÃa al gusto ante la impasividad de su supuesta defensa.



