
El pasado fin de semana ocurrió uno de los actos más vergonzosos y deleznables que hemos visto en un campo de fútbol en los últimos años. En el Vicente Calderón se oyeron cánticos mofándose de la muerte de Antonio Puerta, internacional español y símbolo del Sevilla que no necesita mayor presentación. Aunque Richard Burton dejó para la Historia aquella frase de Una palabra hiere más profundamente que una espada, al menos en lo que al mundo del fútbol se refiere siempre es preferible que la violencia se quede en verbal y no llegué a lo físico. Sin embargo, hay fronteras que no se deben traspasar.
Como llevamos denunciando desde estas páginas en los últimos años, en el fútbol español se ha creado un estado de excepción en el que las normas de la convivencia y la buena educación quedan suspendidas durante lo que dura un partido de fútbol. Se ha instaurado la doctrina del todo vale, por culpa, en gran parte, de la connivencia de los que callan y miran para otro lado. Y esto vale tanto para el aficionado que se ha resignado a aguantar a los dos o tres tontos del culo que hay cada cien asientos como para los dueños y presidentes de los clubes, que poco o nada hacen por revertir el ambiente incívico que se ha apoderado de los campos de fútbol.


Olvídense de escudos y colores, que no critico a ningún club en concreto. Es más, no voy a citar los nombres de los clubes: primero, porque tienen poco que ver en este caso; segundo, porque desgraciadamente son actos generalizables, extensibles a cualquier club o ciudad; y tercero, porque a estas alturas ya habrán leído algo del último suceso (si no, busquen; no hubo muertos pero sí heridos). No es que los colores no guarden importancia, pues muchos altercados derivan de una rivalidad bien marcada y reconocible; pero lo verdaderamente grave es la mentalidad subyacente tras todo acto salvaje relacionado con el fútbol, con el deporte. Porque estos actos no nacen de simples aficionados —deberíamos cuidar más nuestro lenguaje, los términos que utilizamos— sino de criminales. Batear la cabeza de alguien, apuñalar su carne, es un crimen; buscar justificación en unos colores, una gilipollez. Matar o morir por un escudo, ¡qué absurda causa!
Si esto fuese un estadio de fútbol, bien serían ustedes los aficionados. Y dadas las discusiones que muchos mantienen en el blog —la mayoría sin puerto ni destino, todo hay que decirlo—, puede afirmarse que acaban ustedes a hostias virtuales de forma prácticamente diaria. Pues sepan, si eso a lo que muchos llaman debate llega a irritarme profundamente porque se convierte a menudo en un zafarrancho, cuánto pudo molestarme lo ocurrido el jueves en San Mamés. No porque sea del Athletic ni nada parecido, sino por dos cuestiones básicas. 


Hoy he tenido la oportunidad de visitar la exposición “Pasión en las gradas”, que estará hasta el 20 de abril en el Espai Cultural Caja Madrid de Barcelona. La muestra está centrada en mostrar cómo el deporte Rey es un motor para que afloren nuestros sentimientos humanos más extremos: desde la lacra del odio, la violencia y el racismo hasta la pasión y el amor por unos colores. Una exposición sencilla y clara, basada en documentos gráficos y objetos que simbolizan recuerdan algunos de los hechos más destacados de la pasión futbolera.


