
El Nápoles de Walter Mazzarri está siendo una de las sorpresas más agradables del Calcio en lo que va de campaña. Después de arrancar la temporada pasada al ritmo de los grandes, los de San Paolo experimentaron un bajón decepcionante y parece que de eso han aprendido en esta campaña. El proyecto que a largo plazo diseñó Aureliano de Laurentis, hijo y sobrino de los famosos productores de cine italiano, para devolver al conjunto napolitano la grandeza que llegó a tener en los años ochenta tiene una base cada vez más definida, sobre todo con la explosión definitiva del joven Marek Hamsik, líder de la mundialista Eslovaquia, y la recuperación del Pocho Lavezzi para la causa, que hace poco fue renovado hasta 2015, dos garantías para construir un equipo capaz de aspirar a las grandes cotas.
Pero no empezó bien la cosa. El balance en las primeras siete jornadas de liga, con Roberto Donadoni al mando, era desastroso y el Nápoles apuntaba a un nuevo petardazo. Ahí fue cuando intervino Laurentis, cambiando de técnico. El cargo se lo dio a un busca vidas como Walter Mazarri, un hombre diferente y con muchas excentricidades, que ha entrenado en cinco equipos y jamás ha sido cesado. Siempre se marcha antes que eso ocurra y entre su haber tiene un ascenso con el Livorno, una salvación milagrosa con la Reggina y una clasificación europea y subcampeonato de Copa con la Sampdoria, donde su mayor logro fue recuperar a Cassano para el fútbol. Desde su llegada, el Nápoles ha encadenado una racha portentosa de nueve victorias, seis empates y sólo una derrota en 16 jornadas ligueras, lo que le ha colocado como cuarto. La derrota, precisamente, la cosechó este fin de semana.


