Es sorprendente cómo un problema que se va complicando con el tiempo, que llega a parecer un caso irresoluble, puede solucionarse en un pispás. ¿Cuánto tiempo se llevaba en A Coruña hablando del problema de la delantera? ¿dos años? ¿tres? El tema de la falta de gol en el Deportivo viene de lejos. Prácticamente desde que Tristán dejó que su carrera se derramara por una alcantarilla al mismo tiempo que Pandiani, cuyo carácter y características son inversamente proporcionales a las del gaditano, se hartó de ser el suplente de Diego. Desde entonces el Dépor se convirtió en un huérfano de Nueves y se vio obligado a sobrevivir a golpe de jugadas de estrategia y goles de cabeza. ¿El responsable? No hay duda: Augusto César Lendoiro.
Con la llegada de Caparrós al banquillo herculino hace ya seis años, Lendoiro comenzó la época de transición; ahogado por las deudas y la falta de ingresos, el Deportivo pasó en apenas un par de años de ser un semigrande en España y un equipo conocido en Europa a convertise en un superviviente más de la Liga BBVA. El Dépor comenzó a buscar jugadores jóvenes, cedidos por clubes de mayor empaque, y a rascar veteranos o suplentes absolutos en cualquier esquina del globo. Pero de entre todo ese magma de fichajes de lo más dispar hay un punto común claro: ninguno era (o es) un Nueve, un ariete, un goleador.
La temporada pasada, en la que el club coruñés realizó un arranque que lo mantuvo en puestos europeos durante toda la primera vuelta, el Dépor contaba con tres mediodelanteros: Adrián, Riki y Lassad. Ninguno de ellos es un Nueve, ni ha metido quince goles en Primera en una sola campaña. Auténticos ceros a la izquierda durante gran parte de la temporada. Pero bueno, siempre les quedará el beneficio de la duda de si podrían haber rendido más si hubieran compartido la carga del ataque con un delantero de referencia, porque los tres son más segundo punta que otra cosa.




