
Dejo de escribir a las nueve menos veinte. Total, el bar está muy cerca y llego a tiempo para ver el Apoel-Atleti. Creo que nunca antes sentí menos ganas de ver a mi propio equipo, con lo que siempre luché para poder hacerlo; es lo que tiene estar lejos de aquello que amas. En fin, mi novia recién llega a casa, me despido con un beso y me voy. No cojo la chaqueta, pues no merece la pena para andar dos minutos y luego quitármela.
Cuando llego al bar, lo de siempre. En un lado, en la tele grande y con unos diez espectadores —incluido el camarero—, el Real Madrid. En el otro, esquinado en un pequeño televisor y conmigo como único cliente, el Atlético. Algo es más que nada, y se está agradable. He visto varios encuentros aquí, pero esta vez se tuerce el asunto. No transcurren ni tres minutos cuando la tele del Madrid comienza a fallar y las quejas generales me hacen temer lo peor. Para poner la tele digital en la grande hay que quitar el Atleti, y una simple excusa es suficiente para que me levante y me marche tocado —maldiciendo internamente a las mayorías—.







