Fue una auténtica maravilla de partido. De esos que pasan volando. Que devorarías una y otra vez. El mejor encuentro desde que el Wanda Metropolitano tomó la alternativa del Vicente Calderón. Qué ambiente. Qué afición. Qué esencia la de la parroquia colchonera, inasequible al desaliento en la noche en la que más falta le hacía a los suyos. Fueron partícipes de unos octavos que bien podrían pasar por la final, que precisamente tendrá lugar en el mismo escenario. La Juventus mordió el polvo a manos de un Atlético contagiado por la emoción, que no dio su brazo a torcer, que salió a por el rival sin importarle sus dimensiones, ni sus futbolistas, ni su teórico buen momento. Porque si bien es cierto que el equipo de Massimiliano Allegri llegaba pletórico a la capital, no lo es menos que se marchó en depresión. Agitado y desarbolado, con la suerte de cara en algunos aspectos, y con un marcador (2-0) que pese a ser excelente para los del Cholo Simeone, no es ni mucho menos definitivo.

El planteamiento de la Juventus en el Wanda fue decepcionante. Sorprendió ver en el lateral a De Sciglio en lugar de Cancelo. Si el técnico bianconero apostó por el italiano para reforzar ese costado ante la tendencia a subir del portugués, no acertó. Más que nada porque al bueno de Mattia se le notaron las costuras desde el primer instante. Demasiado impreciso, lento, fallón. Muy cerca de aprovecharlo estuvo Diego Costa. Lo demás fue lo esperado en el cuadro juventino, que apostó por Dybala por detrás de Ronaldo y Mandzukic. El argentino, pero, apenas tuvo el protagonismo que de un futbolista de su nivel se espera. Sí que quiso brillar Cristiano, quizá demasiado desasistido y cuyo desquiciamiento fue in crescendo durante los 90 minutos. Sólo un zurriagazo lejano, a balón parado, inquietó a Oblak. En algún que otro córner o centro lateral trató de percutir la Juve, cuyo bagaje ofensivo rozó la pobreza para lo que había en juego.

El Atlético se reencontró con su sello de identidad. No hubo noticias de Dybala, ni Pjanic y Ronaldo acabó desquiciado
Culpa de que el vigente campeón de la Serie A no se paseara por el Metropolitano como sí lo hace por los campos del Calcio la tuvo el plan diseñado por Simeone. Apostó por la vieja guardia sin importarle demasiado si Koke o Diego Costa estaban al 100% físicamente. Primó lo anímico, lo emocional, el sentimiento por un escudo y las ganas de jugar un choque con el que cualquier futbolista sueña. Juanfran estuvo en el lateral derecho, Filipe en el izquierdo y los dos goleadores —Godín y Giménez— en el centro. Rodri haciendo de Gabi junto a Thomas; y Saúl y Koke como interiores. Arriba, las diabluras de Griezmann y el carácter indómito de Diego Costa. La consigna era clara: no dejar respirar, ni pensar ni carburar a la Juventus: someterla. Y después de una primera parte en la que logró anular las intenciones italianas y en la que coqueteó con el gol, llegó una segunda en la que completó su propósito.

La segunda mitad fue pura magia. El Atleti se reconcilió con su sello de identidad: con el cuchillo entre los dientes arriba y la represión atrás. Y se puso rápidamente el mono de trabajo tras salir de caseta. Griezmann avisó con una vaselina que entre Szczesny y el larguero impidieron que entrara; poco después una galopada de Costa terminó con un impreciso golpeo del hispano-brasileño cuando se había zafado de Bonuci y se plantaba solo ante el meta contrario que no acostumbra a marrar. Y con la entrada de Lemar, de Morata y finalmente de Correa, se terminó de agitar la coctelera para que de ella nacieran las oportunidades que terminarían deshaciendo el empate. El VAR, que ya en la primera mitad dejó sin penalti a los locales tras haberlo señalado el colegiado, volvió a ser el centro de atención para, esta vez, revocar un gol de Morata que todos habían celebrado. Es cierto que el delantero empuja a Chiellini, pero quizá no tanto como para salir despedido como lo hizo el zaguero. En cualquier caso, la decepción generalizada fue enorme. Pero se recuperó rápidamente.

Y es que los del Cholo estaban haciendo méritos de sobra para romper la igualdad. Y fue en el 78’, tras un saque de esquina cuando, esta vez sí, Giménez aprovechó otro cabezazo de Morata y el teatro de Bonucci en el piso por un supuesto golpe en el rostro —precisamente del uruguayo— para destapar el tarro de las esencias de un Wanda que explotó de júbilo. La fiesta no quedó ahí y cinco minutos más tarde, una falta botada por Griezmann que no despejó con autoridad la Juventus fue a parar a botas de un Godín que con Cristiano delante y girándose para evitar el balonazo, situó el 2-0 con el que se terminaría llegando al final, pese al intento tardío de Bernardeschi de recortar distancias. Gran noche en el joven estadio rojiblanco, la primera continental de una afición que espera ver a los suyos el próximo 1 de junio buscar la corona europea. Antes, sin embargo, toca la vuelta, en Turín, el próximo 12 de marzo. Sin Diego Costa ni Thomas —sancionados—. Pero con un par, seguro.

En NdF | Así llega la Juventus a la eliminatoria ante el Atlético

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.