messi

En una situación normal, y cuando digo normal me refiero a una situación sin pandemias, mascarillas, con gargantas desgañitándose en una grada y el Barcelona jugando moderadamente bien, los culés se frotarían las manos ante la clasificación para los cuartos de final de la UEFA Champions League que logró la noche del sábado al imponerse al Nápoles (3-1), emulando el buen hacer del Sevilla, como aquí hace unos días reclamamos, sobre todo haciendo referencia hacia los aprensivos: aquellos que con el 1-1 de la ida, seguían sin tenerlas todas consigo de cara el duelo disputado en el Camp Nou.

Pero pelear por estar entre los ocho mejores del Viejo Continente, con el silencio atronador de unas butacas vacías y en pleno mes de agosto indica que muy normal la situación no es: tampoco el juego del Barcelona, al que uno, de mala gana, termina acostumbrándose. De la misma manera que uno entra al supermercado, se unta las manos de gel hidroalcohólico, se asegura que la mascarilla tape también la nariz y se coloque los guantes de plástico de un solo uso que hasta ahora únicamente utilizaba en la sección de frutas y verduras. Toda una liturgia fastidiosa que seguramente no quede más remedio que aceptar, pero que supuestamente ha de servir para evitar contagios.

Así pues, si todo no fuese anormal, un aficionado barcelonista no vería la conquista de la Copa de Europa como algo ajeno a él porque por el camino se han quedado el Real Madrid o la Juventus de Cristiano Ronaldo, dos colosos que sucumbieron, uno ante el Manchester City, y otro al Olympique de Lyon, costándole incluso el cargo a su entrenador; y que siempre parten como candidatos al trono. De la final a ocho que tendrá lugar en Lisboa, únicamente dos de los implicados cuentan con alguna que otra Orejona en sus vitrinas. Y, curiosamente, se trata del rival del Barça ―poseedor de cinco― en la primera de sus tres finales en tierras lusas: el Bayern de Múnich ―que cuenta también con cinco―. Para más inri, el cuadro alemán tiene activado el modo apisonadora desde que regresó del confinamiento. Y ante el Chelsea (4-1), sin ir más lejos, demostró que su inactividad tras la conquista de la Bundesliga, más que perjudicarle, le ha venido de perlas.

Por ese lado vuelven a aflorar las dudas de un Barcelona siempre favorito y que, esta vez, no parece serlo tanto. La contienda frente al Nápoles estuvo lejos de mostrar las mejores virtudes de un Barça al que le bastó con los chispazos de Messi para noquear a los italianos. El papel del 10 se antoja vital en la eliminatoria ante los bávaros, pues de su inspiración depende en gran medida el acierto blaugrana frente a la portería contraria. A nivel colectivo, Quique Setién debe encontrar soluciones que vayan más allá de la conexión del argentino con Jordi Alba, ya que entre otras cosas, los de Hansi Flick poco se parecen a los de Genaro Gatusso. A un partido, y en terreno neutral, cualquier detalle puede ser definitivo.

El contexto incita al pesimismo u optimismo contenido, pero lo cierto es que la sexta Champions la tiene el Barcelona a 270 minutos: tres encuentros. Conque en dos de ellos Leo frote su lámpara y en el otro, el que sea, el equipo culé muestre una excepcional exhibición como la que ofreció en La Cerámica hace un mes, bastaría para campeonar. Tan simple como viable en este fútbol que como Messi, es impredecible. El plan de choque para soñar a lo grande lleva su nombre. Y eso, después de todo, sigue siendo normal.

En NdF | Barça, toma nota del Sevilla

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Fernando Castellanos

Periodismo deportivo en vena. En NdF desde 2006. Hacer todo lo que puedas es lo mínimo que puedes hacer.