Tres semanas tiene por delante el Barcelona para intentar borrar de sus aficionados la cara de estupefacción que se les dibujó anoche viendo el partido ante el PSG. Con lo bonito que pintaba todo antes del inicio. Día de los enamorados. San Valentín. París. Y Saint Germain. La MSN. El once de gala. Octavos de final de la Champions League. La vuelta en el Camp Nou. Nada hacía presagiar el esperpento que el Barça haría vivir a los suyos. Ni la tormenta futbolística a la que fue sometido por parte del mejor PSG desde que los petrodólares irrumpieran en su historia. Tras el pitido final pocos se atrevían hablar de remontada. Los de Luis Enrique necesitan una manita en el Estadi para pasar a cuartos. Pero lo de ayer no invita a soñar, excusezmoi. Y más teniendo en cuenta que siete días antes fue el Atlético el que casi les deja sin final de Copa en el mismo escenario donde ahora se precisa una gesta.

PSG sí; MSN, no

En el Parque de los Príncipes el rey fue Unai Emery. Le comió la tostada a Luis Enrique de la misma manera que Draxler la cintura a quien se le pusiera por delante. El entrenador del Barça se vio desbordado por la entrada y la salida en tromba de su rival. El PSG le puso más ganas. Más intensidad. Más velocidad. Más fútbol. Más fe. Más de todo. Y de ese todo, en cantidades industriales. Todos, desde el primero al último, tenían muy claras las consignas. No así un Barça que encajó cuatro como podía haber encajado seis y en el que salvo Stegen y alguna pincelada de Neymar, estaba para el arrastre. Sergi Roberto corroboró que su posición natural no es el lateral derecho. Parece ventajista decirlo ahora, pero es que es ante rivales de entidad y cuando te estás jugando los títulos cuando se aprecia el rendimiento real de los jugadores. Se vio superado ante el Atleti y ayer su zona parecía una autopista. Piqué rayó a su peor nivel y también estuvo a la altura del betún y Umtiti, un tío que se caracteriza por su firmeza y serenidad, parecía un cuerdo en el manicomio: no entendía nada. La defensa hizo aguas y tampoco Jordi Alba se salvó de la quema. Del mismo modo que un centro del campo sin líder, sin nadie que manejara los tiempos, roto en dos. Que Iniesta sea un genio no quita que anoche fuera caricaturizado por la desfachatez parisina. Por no hablar de Busquets, más solo que la una en las labores de destrucción y que pide a gritos un recambio de garantías. Ese, de momento, no es ni será André Gomes. En sus botas estuvo el empate cuando el electrónico no reflejaba una sangría pero de sus botas no nació nada más. La buena noticia es que de los 20 millones en variables que incluía su fichaje (aparte de los 35 fijos), probablemente el Barcelona se ahorre un pellizco si se confirma la eliminación. Nada fino el luso.

Ayer en el juego de las siglas se impuso las del equipo local. El PSG arrasó y la MSN no estuvo, pese a que se la esperó. Se la esperó tras el primer zarpazo de Di María —inmenso—, tras el segundo de Draxler; con el tercero del Fideo, que invitaba a la rebelión y a por lo menos a marcar un gol para no marcharse de vació de París. Y lógicamente tras el cuarto de Cavani. La sensación entre los culés ayer es que un gol suavizaría de alguna manera el ridículo sufrido, pero sobre todo reforzaría el ánimo para la vuelta. Daba igual que hubiesen encajado siete goles. Con ese tanto, fuese el resultado que fuese, quizá era menos difícil el próximo 8 de marzo. Pero nada. A Messi le robaron la cartera tantas y cuantas veces quisieron, a Suárez su incomparecencia le salva de cualquier mención y Neymar, peleón y el único que lo intentó, jamás se sintió cómodo. Al Barça no le salvaron ni las individualidades. Ni las genialidades. Porque el PSG lo tenía todo perfectamente estudiado. Como si durante años hubiese estado esperando con ganas esta cita. Como si los cientos de millones invertidos en decenas de jugadores estuviesen calculados para llegar a lo de anoche así. Las únicas genialidades salieron de la libreta de Emery y de la pasión que transmitió a los suyos en todo momento. Su homólogo, que dio entrada a Rafinha y Rakitic para oxigenar sin suerte la zona de máquinas, no confió en Alcácer ni con 4-0.

El panorama se vislumbra oscuro para estar a mediados de febrero. En Liga el punto que le separa del Real Madrid es engañoso hasta que los blancos no disputen los dos partidos que tienen pendientes. En Champions ni los más pesimistas imaginaban caer en octavos. Y queda la Copa, ese título que para culés y merengues parece que sólo es de prestigio si es para completar un doblete o un triplete y que solo no salva una temporada.  Pellegrino estará tomando notas del partido en el Parque de los Príncipes. Y preguntando a Emery qué le dio a los suyos. De momento nada es definitivo y salvo lo de ayer, no hay tragedias confirmadas. Este mismo Barça le metió cuatro al Manchester City el pasado mes de octubre en el Camp Nou. Los mismos goles que necesita para igualar la eliminatoria ante el PSG. Ahora parece imposible y hará falta calma. La que precede a la tempestad.

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.