Cómo catalogar la temporada del Benfica

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El titular de la entrada define a la perfección la duda de quien escribe para hablar de la temporada que se ha marcado el equipo de Jorge Jesus. El Benfica ha llegado al mes de mayo con la posibilidad de lograr un triplete que hubiese sido histórico en Da Luz, pero se ha dado de bruces en los partidos más trascendentales del curso. De poder ganar la Liga portuguesa, la Europa League y la Copa de Portugal ha pasado a la más absoluta nada. Se le escapó el torneo doméstico en el último suspiro del penúltimo partido ante el Oporto, que acabaría campeonando. Luego se cruzó el Chelsea en el camino para dejarle a las puertas de convertirse en el príncipe del Viejo Continente. Y ayer, en el último consuelo posible, la Taça, el Vitória de Guimarães asestó el golpe final derrotando a las águilas, que acaban la temporada con las vitrinas impolutas y con tres subcampeonatos que, muy a su pesar, no se celebran.

La imagen, injustificable por otro lado, de la estrella del equipo, el paraguayo Óscar Cardozo, a la conclusión del envite de este fin de semana dejaba a las claras la frustración de los lisboetas. El paraguayo pagó los platos rotos con su entrenador, al que no dudó en increpar y empujar. La instantánea, bochornosa, transmite el dolor de una escuadra que luchaba por todo y que se ha quedado sin nada. Un segundón en toda regla que ha nadado durante todo el ejercicio para morir en la orilla. Un imberbe Kelvin, el pasado 11 de mayo, inició el calvario del Benfica. El jugador del Oporto fue el autor del gol que dejó sin liderato a las águilas y que condenaba a Jorge Jesus y los suyos a buscar un milagro que no se hizo tal en la última jornada. Ocurrió en las postrimerías del duelo directo, y tanto del brasileño servía para voltear un resultado que en un principio beneficiada al triste protagonista.

La derrota contra el Oporto no mermó el estado anímico del Benfica, que días después quiso redimirse contra el Chelsea en la final de la Europa League. No hubo suerte, y eso que durante gran parte del partido contra los ingleses fueron superiores. Igualaron un marcador en contra, pero vete tú a saber si la maldición de Béla Guttman o sencillamente las paradojas del fútbol quisieron que Ivanovic saltara más que nadie para, en el 92’, volver a apear a los lisboetas de la posibilidad de levantar un trofeo. El equipo luso, que futbolísticamente se caracteriza por el buen trato del balón y el juego combinativo por encima de todas las cosas, y que pocas veces abusa del juego directo, es de esos conjuntos que da gusto ver. Sin embargo, en las finales, en los partidos en los que se juega la vida, la suerte le ha sido esquiva este año. Mayo confirmó ser su mes horrible el domingo, cuando cayeron ante el Vitória de Guimarães por 2-1 a pesar de adelantarse en el electrónico. Un fallo tonto del portero desembocó el empate. Y tras éste, el tanto de la tercera derrota consecutiva en un partido de alta importancia.

Acabar subcampeón de la Liga Zon Sagres, subcampeón de la Europa League y subcampeón de la Taça de Portugal. A principio de temporada lo hubiese firmado cualquier aficionado lisboeta. De hecho, pocos podían imaginarse tener tan cerca la posibilidad de lograr un triplete. Pero tras ver cómo se han escapado todas las finales, ¿cómo se cataloga el ejercicio? ¿Éxito, fracaso? La fina línea que les separa dura 90 minutos. El prefijo maldito que custodia a un Benfica; tres letras que impiden salir a la calle y descorchar el champagne. Sub.

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.