Si de algo ha servido el doble duelo de la Roja en la apasionante UEFA Nations League es para constatar dos realidades: una, que la nueva hornada de futbolistas que inunda la Selección se entiende a las mil maravillas y dos, que uno de sus integrantes, Ansu Fati, es el estereotipo de jugador que todo entrenador quisiera tener en sus filas. No habiendo cumplido la mayoría de edad, y seguramente fruto de esa ingenuidad que atesora, ya sabe lo que es marcar vistiendo la camiseta de la absoluta. Y aunque dicen que el elogio debilita, no hacerlo tras su exhibición ante Ucrania (4-0) sería un pecado.

Cierto es que ver su rostro en las portadas y en la pequeña pantalla; escuchar su nombre en tertulias radiofónicas y leerlo cientos de párrafos dedicados a su desparpajo y talento, podría provocar que dejara de pisar con los pies en la tierra. Será por casos en los que el excesivo aplauso sobre una joven promesa ha terminado tornándose en una carrera mediocre, perdiéndose por el sumidero todas y cada una de las expectativas generadas. Sin embargo, Ansu vive en una constante nube desde que debutó en el Barcelona hace unos meses. Y en ella se siente cómodo. Ya sabe cuál es el peso de vestir la elástica de uno de los mejores clubes del mundo. Ya ha sentido los sinsabores del fútbol. Y conoce lo que es estar un día arriba, y otro abajo. Muy abajo.

Ansu Fati está dando sus ―acelerados― primeros pasos en un deporte en el que o devoras, o te devoran. Y no tengo dudas que está perfectamente asesorado. En su primer año en la élite ha estado acompañado de Messi, paradigma de niño prodigio cuya historia es más que conocida. Seguramente alguien le cuente casos de jugadores que, como él, brillaron siendo muy jóvenes y por diversas razones, se fueron apagando con el transcurso de los años. Es probable que alguien le diga que el de anoche no era más que un amistoso disfrazado de partido oficial y que el rival, con todo el respeto hacia los ucranianos, no era el de más empaque. Y que el factor sorpresa, que hoy en día encarna perfectamente Ansu, también juega un papel muy relevante en su actual situación.

Sin embargo, estoy convencido que es más fácil vivir en el elogio ―y más cuando hay argumentos de sobra― que en la crítica ―sobre todo, en la inútil―. Que la fina línea que separa la confianza de la desconfianza es mejor atravesarla con el viento de cara, que en contra. Ahora mismo Ansu Fati es el coche que con las luces de carretera, te deslumbra en medio de la noche. Lleva las largas puestas y una velocidad de vértigo. Pero mañana será otro día, quizá no tan bueno, y deberá reponerse. Le queda mucho camino por recorrer, tardes de gloria que ofrecer, y asomarse también al precipicio cuando el regate no le salga, cuando el balón se marche lamiendo el palo o cuando los resultados no lleguen.

Son toda una retahíla de obviedades, seguramente antes escritas en este u otro orden, sobre cualquier chaval que en su día tiró la puerta abajo con precocidad y alevosía. Sin embargo, ninguno de ellos, puede presumir de ser el jugador más joven en marcar con la Selección. A Ansu Fati le han bastado 17 años, 311 días y una noche para el recuerdo, para escribir una página dorada más en su corta pero centelleante carrera. Y aunque dicen que el elogio debilita, no hacerlo tras pasar a la historia ante Ucrania, sería un pecado.

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Fernando Castellanos

Periodismo deportivo en vena. En NdF desde 2006. Hacer todo lo que puedas es lo mínimo que puedes hacer.