He de reconocer que cuando el Alavés decidió fulminar el pasado verano a José Bordalás me quedé alucinado. No lograba entender qué más méritos tenía que hacer un entrenador para continuar en un club después de ascenderlo. Aquella decisión, tomada según el club porque entendía que Bordalás no era el técnico adecuado para asumir el reto de jugar en Primera, provocó en mí la desazón más absoluta cuando el escogido para sustituirle fue Mauricio Pellegrino. Un entrenador con escaso bagaje en los banquillos y que había tenido un paso fugaz (y discreto) antes por la Liga, cómo no, en el del Valencia.

Mi desconfianza era tal que a principio de temporada, cuando uno hace cábalas e imagina qué grupo de equipos acabarán peleando por no descender, no podía no evitar pensar en el conjunto babazorro. Pellegrino, que llegó a jugar su última temporada (2006) como futbolista en Mendizorroza, fue poco a poco construyendo un equipo que a base de cesiones, de veteranos, de jugadores con hambre de reivindicarse y con un gasto que no llegó a los seis millones de euros (el sexto que menos derrochó en reforzar su plantilla) ha sido capaz de superar el ecuador del campeonato doméstico con 14 puntos de ventaja sobre los puestos de descenso, con la salvación en el horizonte y con un estilo propio de juego que nada tiene que envidiar al que hace un año dibujaba el Alavés en la categoría de plata.

Del mismo modo que iba trazando su buen camino en Liga, lo fue haciendo en la Copa del Rey. Sigilosamente, pero dejando en la cuneta a todo aquel que se le iba cruzando. Primero fue el Nàstic en dieciseisavos, luego el Deportivo en octavos; en cuartos Ibai frenó un posible ‘Alcorconazo’ y anoche, en semifinales, y ante el Celta de Vigo, logró el no va más: alcanzar su primera final en el torneo del KO. Los más viejos del lugar todavía recuerdan aquella mítica final de la UEFA hace 16 años en la que el Liverpool tumbó la ilusión vitoriana pero jamás hizo que nos olvidáramos de ella. El destino ha querido que el Alavés, que maravilló a Europa aquel curso, tenga ante sí un nuevo desafío mayúsculo del que Pellegrino, como entonces Mané, tiene mucha culpa.

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Su equipo cuajó un partido de vuelta enorme, secando a un Celta de Vigo que pese a llegar más descansado por haber ‘librado’ el pasado fin de semana en Liga y al que le bastaba con un gol, se topó con un gran Pacheco (titular en esta eliminatoria en detrimento de Ortolá, el habitual en Copa); un incansable Theo, un Femenía que no dio opción a Bongonda, un binomio —Laguardia y Feddal— tremendo en el eje de la zaga; un Llorente rompedor, un Ibai desequilibrante e incisivo, un Camarasa excelso, un Toquero desfondado, un Deyverson excitado y correoso; un Alexis y un Vigaray que salieron para mantener el resultado que Edgar Méndez, en la mejor temporada de su vida, había desnivelado en el 81’.

Pero de todos ellos, el que seguro que con más emoción celebra el billete a la final es Manu García. Nacido en Vitoria, ha vivido dos ascensos, es el capitán, en su debut en Primera le marcó un golazo al Atlético y hace un lustro pateaba la pelota en los campos de Segunda B con el mismo escudo que hoy festeja una noche inolvidable del que él también es responsable. Gracias Pellegrino, por este equipazo. Y por taparme la boca.

En NdF | El Atlético lo tuvo en su mano
Foto | As

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.