El harakiri en una semana

Si el fútbol es un estado de ánimo, el Barça es depresión. Hace una semana la prensa azulgrana, los propios aficionados, oteaban el horizonte con cierta ilusión: las semifinales de Champions League estaban a poco más de 90 minutos y un gol al Atlético de Madrid en el Vicente Calderón. La Liga, ahí, esperando el tropiezo de los colchoneros para apropiarse de la primera plaza. Y la Copa del Rey, con su final a la vuelta de la esquina, no lo pintaban de trámite de milagro tras ganar el último clásico en el Santiago Bernabéu.

Siete días. Ni más ni menos. Dan para pasar de la euforia al desencanto. De la esperanza a sumergirse en la mierda sin manguitos. Las posibilidades de estar entre los cuatro mejores del continente se esfumaron con todo merecimiento y a toda apatía el miércoles. Anoche, la Liga, se puso más cuesta arriba tras caer ante el modesto Granada en un nuevo capítulo de ineptitud barcelonista. ¿Y la Copa? La Copa parece ahora la bomba que hará explotar todo. El Real Madrid ganó ayer al Almería y el miércoles espera ansioso a su archienemigo.

Una semana en la que el Barcelona puede completar su particular harakiri. El torneo del KO, en el mejor de los casos, no salvará un ejercicio en el que las sensaciones que transmite el Barça se alejan, demasiado, de todo aquello que muchos echan de menos. Una temporada para olvidar en todos los aspectos. Tanto en lo deportivo como en lo institucional. Tata Martino, sin conocerlo, ofrece síntomas de hastío. Hastío por la prensa, por su libreta, por sus jugadores. Dijo que cumpliría su contrato. Pero habrá que verlo.

Lo extradeportivo tampoco ayuda, pero los fuegos no se apagan con gasolina. Y así, desde el caso Messi, al que ahora renovarán hasta que acabe gateando por el campo y ya no quede más remedio que abrirle la puerta o darle un tirón de orejas; pasando por ‘lo’ de Neymar y la correspondiente dimisión de Rosell hasta llegar a la inaudita sanción de la FIFA. Eso sí, que siga Bartomeu, cómplice, digo yo, de alguno de los trastornos que vive el club. Pero el ‘soci’ dice sí al nuevo Camp Nou. Y no pasa nada. Y si pasa, se le saluda.

Saludando, saludando, hemos llegado a esta situación en la que el pesimismo va juntando las piezas de su puzle. Queda una pendiente, la de la final de Copa. No salvaría la temporada, pero oye, así el Madrid no optará a un título con mucha solera y escaso prestigio. Y eso, repito, en el mejor de los casos. Porque la pieza tiene visos de encajar. Y de redondear el harakiri. Y la culpa es del césped, que está muy alto. Y del árbitro. Y de la hora del partido. Y de la FIFA. Y de todos, todos los ombligos, menos del mío. A tanta crítica, le falta el auto. Las pelotas no están sólo para chutarlas, hay que ponerlas.

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.