Irrespetuoso es llamarlo falta de respeto

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Me gusta al fútbol. Probablemente sea de esa generación que aporrea las teclas del ordenador relatando lo que pasa porque no puede ser el protagonista. Un futbolista frustrado que se dedica a rellenar hojas en blanco mientras que un par de veces por semana disputa con sus amigos las necesarias pachanguillas con las que uno sacia el gusanillo que le recorre por dentro cuando pone la tele y ve a los que sí han llegado. De vez en cuando presumo ser de la generación del 87, de la que han salido una camada importante de talentos. Ese año, además de nacer yo, que aquí estoy, sin oficio ni beneficio sobre los terrenos de juego, lo hicieron los Cesc, Piqué o Messi. Los tres de La Masia. Salvo el primero, todos siguen en Can Barça. Presumo de mi edad por ser contemporáneo de jugadorazos. Es el consuelo que nos queda a algunos.

La anterior parrafada básicamente se reduce a que me gusta el fútbol. Y como tal, consumo fútbol. Este fin de semana, sin ir más lejos, vi la poderosa goleada del Liverpool (0-6) con una exhibición de Firmino, el empate (1-1) del Mónaco ante el Saint-Étienne con un gol de mi adorado Vagner Love —y en el que me fijé que Mbappe Lottin, una joven (17 años) perla del cuadro monegasco salía sustituyendo a Helder Costa sin nombre en su camiseta—; el gol de Torres a los tres minutos y el tostón posterior de partido entre Getafe y Atlético; y así unos cuantos que convierten el sofá, el café y el televisor en lo insustituible para cualquier tarde futbolera que se precie. Vi el golazo de Cristiano y me pareció fantástico el de James. Pero lo mejor estaba reservado para el final. Para el último partido de la jornada de la Liga.

En el grupo de Whatsapp de Comunio, cuando vi las alineaciones, el escenario, el ambiente y supongo que el tridente del Barcelona calentar, tiré de dotes adivinatorias y dije que olía a goleada. Por fortuna, el Celta se encargó durante mucho tiempo en coserme un punto en la boca. El Barça salió como loco en la segunda parte. Pero después del gol de Suárez bajó el pistón y dejó que su rival perdonara el empate ante un fantástico Bravo. El gol del charrúa llegó tras una asistencia magistral de Messi. Y tras el arreón celtiña, llegó el espectáculo que ninguno de todos los partidos del fin de semana me había ofrecido el fútbol. La noche anterior había trasnochado para ver el concurso de habilidades, que déjatelo estar, el de triples y el de mates del All Star. Y lo que vi que pasó en el Camp Nou fue más parecido a lo que se vivió en Toronto que a un mero partido de cualquier jornada de algún campeonato.

El fútbol tiene que ser eso. Ya bastante mierda se remueve alrededor del deporte rey como para que se nos prive de disfrutar de las genialidades de Messi, Neymar, Suárez y compañía. Como si por ver la lambretta de Neymar, cómo Messi se va hasta del árbitro o cómo Suárez enchufa un penalti de otra manera a la habitual nos tuviéramos que sentir culpables. Cuando estas cosas son las que dan vida a este deporte, cuando no son más que la quintaesencia del fútbol. Las que hacen que valga la pena pagar una entrada, la cuota del Plus o pasar frío mientras cenas un insípido frankfurt con kétchup de cuatro euros en el descanso del partido. No entiendo a los que lo critican. Lo irrespetuoso es llamarlo falta de respeto. Y si lo es, es que no te gusta el fútbol tanto como pregonas.

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.