Me gusta eso de mirar la tabla de las fases de clasificación para grandes torneos de selecciones y encontrarme sorpresas: lo normal es ver a Alemania, Italia, España o Francia liderando cada uno de sus grupos o a Ucrania o Croacia dando guerra, pero lo sorprendente viene cuando te encuentras, como hace un par de años, a Islandia en la zona alta y a punto de clasificarse para la repesca del Mundial de Brasil, hazaña que culminaría con su clasificación y buen papel en la pasada Eurocopa (tampoco van nada mal ahora, segundas en su grupo). Para el próximo Mundial de Rusia llama la atención el papel de sus vecinos de las Islas Feroe, combinado acostumbrado a estar en ese grupo que rara vez consigue algún punto junto a Liechtenstein, Malta o Andorra: ahora acumulan cuatro tras derrotar a Letonia y empatar con Hungría. Ya en la fase de clasificación para la última Eurocopa lograron seis puntos tras ganar a Grecia en los dos partidos, toda una hazaña para la pequeñas islas nórdicas. Pero lo más sorprendente y extraño está en el grupo C: tras tres partidos y por delante de Irlanda del Norte, presente en Francia el pasado verano, Noruega y toda una República Checa, se halla sólo por detrás de Alemania la selección de Azerbaiyán con siete puntos tras ganar a San Marino y Noruega y empatar en Chequia. Su once apenas presenta nombres conocidos, pero su entrenador es toda una estrella: Robert Prosinecki.

De pequeño escuchaba que el Real Madrid había fichado un auténtico crack, un jugador que marcaría una época, y esa idea se me quedó grabada y esperaba que el jugador croata acabaría demostrando esa condición aunque sólo lo haría a cuentagotas. Las lesiones se cruzaron en su camino, y sus malos hábitos (fumaba y se decía que acostumbraba a salir mucho por las noches) tampoco ayudaron. Presentado por Ramón Mendoza, a las órdenes de Benito Floro y con los concesionarios Otaysa marcados en su camiseta, Prosinecki dejó buenos momentos en el Bernabéu, pero lejos de lo que se presuponía tras la dificultad de acometer su fichaje por 550 millones de pesetas. El mediapunta croata (que a menudo tuvo que jugar unos metros por detrás de su posición habitual) había deslumbrado con el Estrella Roja campeón de Europa en 1991 junto a Mihajlovic, Jugovic o Pancev, y el club blanco se disputó su contratación con el Milan. Finalmente, el conjunto rossonero acabaría fichando a la otra estrella del equipo, Dejan Savicevic, que se convirtió en leyenda en San Siro.

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Tras tres temporadas en el Madrid, Prosinecki quería salir del Bernabéu para jugar más minutos y Radomir Antic le reclamó para el Oviedo. En el Carlos Tartiere volvió a sentirse una estrella y ofreció un gran rendimiento en el centro del campo junto a Slavisa Jokanovic. Al término de aquella temporada, Antic puso rumbo al Atlético y quiso volver a contar con él, pero finalmente fichó por el Barcelona y el Atlético contrató a un tal Milinko Pantic, a quien no se le daba mal lo de tirar faltas.

Llamaba la atención que Johan Cruyff, que trataba de reconstruir un Dream Team en demolición, quisiera contar para su esquema de juego con un futbolista tan anárquico e individualista como Prosinecki. Su paso por el Barcelona también estuvo plagado de lesiones musculares, y al bueno de Robert ya se le conocía en España como Lesionescki. Cuando estaba bien, Cruyff le relegaba habitualmente al banquillo y la situación no mejoró al siguiente año con Bobby Robson, con lo que tras dos años en el Camp Nou puso rumbo al Sevilla. En el Pizjuán dejó retazos del nivel que había ofrecido en Oviedo, pero el equipo tuvo una mala temporada que acabó con el descenso a segunda.

Tras siete años en España regresó a Croacia y pasó posteriormente por Bélgica para vestir la camiseta del Standard de Lieja. En 2001 se convirtió, con 32 años, en un ídolo en el Portsmouth, que estaba entonces en la Championship (segunda inglesa). Tras un año en Eslovenia, Prosinecki puso fin a su carrera de nuevo en Croacia. Fue con la selección de este país con la que vivió algunos de los mejores momentos de su carrera, como en el buen papel del combinado croata en la Eurocopa de 1996 en Inglaterra y, sobre todo, en el Mundial de Francia de 1998, donde Croacia logró un histórico tercer puesto. Antes de la guerra había jugado con la selección de Yugoslavia, y Prosinecki es el único futbolista que ha marcado en un Mundial con dos selecciones distintas: con Yugoslavia en 1990 y con Croacia en 1998.

De vuelta en Belgrado

Tras ser asistente de Slaven Bilic en la selección de Croacia, Prosinecki regresó al Estrella Roja para dirigir al equipo con el que fue campeón de Europa. En Belgrado ganó una Copa pero los resultados no fueron los que se esperaban para un grande del país serbio, y tras dos años fichó por el Kayserispor turco, donde tuvo una muy buena primera temporada y una segunda no tan positiva.

En 2014 le llegó la oportunidad de ser seleccionador de Azerbaiyán en sustitución de Berti Vogts, quien había llevado a Alemania a ganar la Eurocopa de 1996 y que llevaba seis años en el cargo. La fase de clasificación para la pasada Eurocopa no fue sencilla, aunque ya consiguió arrancarle un empate a la Croacia de Modric y Rakitic. Su Croacia.

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No es sencillo: Azerbaiyán no tiene grandes futbolistas, ni tampoco al Mkhitaryan de Armenia, al Hamsik de Eslovaquia o al Bale de Gales: ese jugador franquicia que les lleve en volandas, pero ilusión les sobra. En el país azerí, situado entre Irán al sur y Rusia al norte y cuya costa oriental está bañada por el Mar Caspio, sueñan con jugar un gran torneo y la vista está puesta en la Eurocopa de 2020, que se jugará a lo largo de todo el continente: desde Bilbao a Londres pasando por Múnich, Roma, Dublín o Copenhague, y entre sus sedes estará Bakú, capital de Azerbaiyán, con su Estadio Olímpico con capacidad para 68.000 espectadores. No habrá selecciones clasificadas automáticamente por ser anfitrionas por lo que deberán ganarse su plaza, pero antes, los de Prosinecki quieren seguir dando sorpresas de cara al Mundial de Rusia.

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Gabriel Caballero