Venganza a medias

David-Villa-Atletico-vs-Barcelona

No sé dónde, pero en algún lugar está escrito que la venganza es un plato que se sirve frío. Recuerdo que Morientes, cuando jugaba en el Mónaco, se empeñó en amargarle la vida al Real Madrid, que lo había cedido al cuadro monegasco porque la inversión en galácticos y sus altos emolumentos obligaban al conjunto blanco a desprenderse de ciertas nóminas. Fernando no desaprovechó su oportunidad lejos del Bernabéu, donde le eclipsaba Ronaldo, y en cuanto tuvo la ocasión marcó el gol que dejaba en la cuneta al conjunto madridista. Desde entonces, el club suele incluir sus cesiones la denominada cláusula del miedo, que impide al jugador a préstamo jugar ante el Real Madrid. Aquello fue el summum de cualquier revancha, esa que deja ruborizados a los lumbreras que deciden deshacerse de un futbolista que, en un futuro no muy lejano, puedes encontrarte en el camino.

El caso que nos ocupa es un tanto distinto, pero no deja de tener la venganza como protagonista. David Villa se pasó, salvo el primer año, viéndolas venir en Can Barça. Seguramente las lesiones lastraron su paso por el Camp Nou, donde, eso sí, no todo fueron noches para el olvido, pero el asturiano nunca encontró su sitio en el Estadi como la inversión por su fichaje suponía. Su presencia era igual de negociable como prescindible, a pesar de su reputación y una trayectoria avalada por los goles. La llegada de Neymar, la irrupción de Tello, la confianza del cuerpo técnico en Pedro y la esperanza puesta en Alexis, unida a su alta ficha, hizo el resto. Se marchó regalado hacia Madrid, donde fue recibido como crack que es, como perfecto recambio de Falcao. El Atlético le ofrecía todo aquello que fue perdiendo en Barcelona. Y como el Moro, pero sin cesión mediante, escribió frente a sus ex, la mejor de las vendettas.

Su voleón tras una contra de manual, donde el camino lo inició él, abrió el marcador de la final de la Supercopa de España. 180 minutos repartidos en dos partes, una en la capital y otra en la ciudad condal y en la que sus contendientes, rojiblancos y blaugranas, firmaron tablas. El primer título en juego de la temporada tuvo como protagonista al Guaje, por el hecho de reencontrarse con los que hace nada eran sus compañeros, y por ver en acción al que de alguna manera le cerró las puertas del Camp Nou, Neymar. El brasileño volvió a ver el inicio del partido en el banquillo, como le sucedió ante el Levante, pero salió cuando Messi fue sustituido por precaución y la frescura en el juego visitante brillaba por su ausencia. El Atlético, todo pundonor, jugó como más le gusta: dejando el peso del partido al rival y machacando a la contra. El Barça, espesito, se encontró con un adversario agobiante y extramotivado.

Sin conceder espacios, presionando e impresionando, el Atlético le comiendo la moral a los del Tata Martino, al que no le quedó más remedio que tirar de Neymar para igualar el envite. Antes, había entrado Cesc por Messi y entre el de Arenys y el ’11’ dieron un nuevo aire al juego ofensivo culé. No hubo superávit de ocasiones marradas, ni tampoco una clara posibilidad local de matar el encuentro. Simplemente el Barça quiso ser el Barça pero el Atlético, siendo el Atlético, se lo impidió. El tanto de Neymar, de cabeza, supuso el 1-1 definitivo: empate técnico entre el pasado y el futuro barcelonista y a esperar a ver qué pasa en el choque de vuelta. A priori el Barcelona parte con ventaja por el escenario y por el marcador. Pero como decía en el primer párrafo, la venganza es un plato que se sirve frío. Y a ver quién le dice ahora a Villa que se deje la vajilla en Madrid.

En NdF | Un regalo llamado Villa

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.