Tristeza, decepción, desconcierto… Son, creo, innumerables los amargos sentimientos que inundan al barcelonismo después de la catástrofe de Liverpool. Si, una hecatombe de dimensiones bíblicas la que ha sufrido el Barcelona en Anfield, en una noche demasiado devastadora, destinada a ser histórica para los culés que ha terminado siéndolo para los ingleses, que, con todo merecimiento, pintándole la cara al conjunto blaugrana, han dado la vuelta a una eliminatoria que de por sí ya traía un resultado de la ida demasiado engañoso.

El Barça ganó 3-0 en el Camp Nou pero el Liverpool mereció mucho más. Todo lo que no metió en el feudo culé lo transformó con el aliento, perenne, de los suyos. Los de Valverde lo tenían todo a favor, porque lo raro es que los ‘reds’ se fueran de vacío de la Ciudad Condal. Deberían haber aprendido la lección: no sólo la de tratar de mejorar a los británicos en actitud, intensidad, ritmo, vertiginosidad, carácter y empuje, sino porque la temporada pasada una renta de tres goles se fue al traste, también, ante la Roma. Dicen que el ser humano tropieza dos veces con la misma piedra. Y también —podríamos añadir— luce el escudo barcelonista, que se despide de la manera más violenta del sueño de la Champions.

En el Liverpool no estaba, como en la ida, Firmino. Se unió a la lista de bajas Salah. Dos de sus tres estiletes: dos tercios de su pólvora. Poco le importó también a los del condado de Merseyside salir con todo en la última jornada liguera, en una Premier que pelea a cara de perro con el City. Uno de los argumentos de la debacle en Roma fue la falta de rotaciones en el seno catalán. Este fin de semana, ante el Celta, libraron todos. Llegaban frescos, con las piernas descansadas, a la final en forma de semifinal. Y sobre todo, tras haber recibido un baño de fútbol del que salieron goleando. Pero desde el minuto uno volvió a temerse lo peor. No estaba Salah, pero estaba Shaqiri; no estaba Firmino, pero sí Origi. El belga, secundario en los planes de Klopp, desató las hostilidades inaugurando el marcador e hizo lo propio con la euforia en el cuarto, en una pájara épica de todo el Barça en un córner. Estaban groguis los blaugrana tras la virulencia con la que saltó al verde Wijnaldum en el descanso, marcando el segundo y el tercero. Su incursión fue bestial.

Se mascaba la tragedia y ésta se confirmó ante la pasividad de un Messi que apenas la olió, de unos jugadores superados por la situación y a los que en medio del caos tampoco les salvó la chispa de su mejor futbolista, el único argumento con el que quizá se planteó un duelo en el que el Barcelona fue protagonista por su incomparencia. Se repitió la historia, la triste historia, por segundo año consecutivo. Otra posibilidad de levantar la Champions que se pierde por sumidero. No es de extrañar que algunos reclamen que Valverde dé un paso al frente, o mejor dicho, al lado, porque está claro que el objetivo era el que era y la realidad es la que es.

Enhorabuena al Liverpool, que se preparen Ajax o Tottenham.

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.