La impronta de Ibra

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¿Qué quieres ser de mayor? La inocente pregunta que te hacían de pequeño cobra casi tintes dramáticos cuando los años van pasando y ves que empiezas a ser mayor, o que ya lo eres, y que la posibilidad de ser futbolista, astronauta o millonario se va esfumando. Que no era tan fácil como responder y esperar a que la máquina del tiempo de Doraemon te teletransportase al futuro y vieras como aquel sueño, o ensueño, se había hecho realidad.

No tengo ni idea si a Ibrahimovic le hicieron esa pregunta cuando siendo un mochuelo se dedicaba a robar bicicletas, e incluso coches, en Rosengård, un pequeño barrio de inmigrantes de Malmö con no muy buena fama. Lo que sí tenía claro Zlatan, de padre bosnio y madre croata, era su pasión por la pelota. O quién sabe, se lo tomaba como un juego más de chiquillos. Su padre, Sefik, había abandonado su país natal en busca de trabajo con la idea de regresar, aunque se le pasaron las ganas tras la Guerra de Bosnia, que enfrentó a musulmanes, serbios y croatas, en ese país exyugoslavo de 1992 a 1995; y, viendo las posibilidades de su hijo, optó por centrarse en la carrera de su vástago mientras pulía su afición por la música folclórica. Menos mal.

Ibrahimovic relata en su biografía que «no tenía hambre, tenía mucha hambre», algo que habla a las claras de un futbolista que no es un tipo duro, aunque a él le encante parecerlo: «No soy un bad boy. Soy normal. Los demás piensan que soy un bad boy. Me gusta. Me gusta tener esta imagen. Prefiero eso a ser perfecto. Para mí, nadie es perfecto» contaba hace poco el sueco. Efectivamente, quienes no le conocemos personalmente, sólo sabemos que puede ser como la imagen que él se encarga de reflejar sobre un tapete verde. Pero indagando un poco en su pasado uno puede llegar a comprender el porqué de su posado.

Zlatan es un rebelde con causa. Luce más de una decena de tatuajes en su cuerpo; prácticamente ha vivido altercados en todos sus clubes; ha protagonizado más de una riña en medio de un partido; le encanta el taekwondo —de hecho, tiene el cinturón negro— y, más que por otra cosa, se le conocerá y reconocerá en un futuro, cuando lamentablemente tenga que abandonar el fútbol, por sus espectaculares golazos. Es la impronta de Ibra, la que por encima de cualquier banalidad, le perpetuará como parte fundamental de este deporte. Desde que ingresara en el Malmö de su ciudad natal, la misma que cerca estuvo de reclutarlo para que trabajara en sus muelles a los 15 años, no ha parado de ofrecer espectáculo. Sin tregua.

Es por eso que si pudiera volver la vista atrás, e incluso aún hoy, sueño con ser Ibrahimovic. Con sus defectos y sus virtudes, con ese hambre que se ha trasladado de su estómago a su ambición. Con 32 años muchas estrellas están para el arrastre, a vuelta de todo, viviendo de rentas, buscando un último contrato que catapulte sus aspiraciones económicas. A Ibra, en cambio, le falta en su palmarés una copa que incomprensiblemente se le ha escapado desde que disfruta en su permanente estado de apogeo: la Champions League. Anoche, en la ida de los octavos de final frente al Bayer Leverkusen volvió a reclamar su candidatura. El cada vez más sólido PSG dio un recital e Ibracadabra se llevó por enésima vez la palma en cuanto al golazo. Si antes robaba bicicletas, ahora roba ilusiones. Si no sabía qué quería ser de mayor, ya lo sabe: un genio.

En NdF | …E Ibra tuvo que conformarse con el Puskas

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.