último gol de aduriz

En un discreto comunicado, en torno a las cinco de la tarde de ayer, Aritz Aduriz (11/02/1981) anunciaba que abandona el fútbol, rozando la cuarentena y tras una cuarentena, la que todos hemos y estamos viviendo, que le ha dicho basta. Los médicos le han recomendado pasar sí o sí por el quirófano para implantarle una nueva cadera. Y el delantero, que anunció hace unos meses que colgaría las botas, ha tenido que adelantar su despedida.

En condiciones normales, estaríamos a una jornada de terminar LaLiga y, sobre todo y para lo que el internacional esperaba para colgar las botas, la final de la Copa del Rey ante la Real Sociedad, ya se hubiese disputado (estaba prevista para el pasado 18 de abril). Ahora, con 11 jornadas todavía por delante y sin fecha para la disputa del derbi en La Cartuja, Aduriz reconoce que ya no puede más. Que es absurdo alargar la agonía. Que su retirada, tal y como están las cosas, es una anécdota. No. Anécdota fue la retirada de Congo.

Porque en su dilatada carrera demostró venirse arriba a partir de los 30. Esa edad en la que se dice de los jugadores que están en su tramo final. Un ejemplo para todos aquellos que peinan canas y que no se dan por vencidos. Tanto es así, que aunque debutó con la Selección de Del Bosque en 2010, en un choque clasificatorio para la Eurocopa de 2012, no regresó a la Roja hasta un lustro más tarde, siendo finalmente uno de los elegidos para la Euro2016 de Francia. Ese año, a la tierna edad de 35 primaveras, fue el más prolífico en cuanto a goles: 20 aciertos en el campeonato doméstico y 16 más sumando el resto de competiciones; alcanzando una media goleadora (0.65) de más de un gol cada dos partidos. Fue, como la temporada anterior, el ganador del Trofeo Zarra. Y aunque en su haber únicamente consta una Supercopa de España –la que le ganó el Athletic al Barcelona en 2015 (con hat-trick incluido en el partido de ida del ‘20’ y otro en el de vuelta), el reconocimiento hacia el jugador donostiarra es incuestionable.

Aduriz ha enarbolado, a lo largo de su extensa carrera, la bandera del pico y pala. Desde sus inicios en el Aurerra, pasando por Lezama y su debut en San Mamés hasta una travesía, no por el desierto precisamente, y que le llevó a defender las elásticas de Burgos, Real Valladolid, Mallorca y Valencia para regresar, en plena madurez, a su casa. En 2012, y con 31 años, vivió su tercera etapa como león. Y fue la vencida. Se destapó como un killer al que no le pesaban los años, ganándose el puesto en punta de lanza donde años atrás no tenía cabida. Su veteranía no le impidió ser pieza clave en un club que tuvo distintos técnicos desde su regreso: desde Bielsa, pasando por Valverde, Ziganda, Berizzo o Garitano.

En las dos últimas temporadas su protagonismo fue cayendo poco a poco, fruto también de las lesiones, que le impidieron tener la continuidad necesaria para no desfallecer. Sin embargo, en su rol de revulsivo y agitador, dejó para el recuerdo un gol para enmarcar. El que desató la euforia en Bilbao el día que visitó La Catedral el Barcelona. Fue en la primera jornada y le bastaron dos minutos para firmar una obra de arte que dio la vuelta al mundo. Saltó al campo en el 88’, sustituyendo a Williams, y lo que hizo segundos después, fue épico:

Un gol, un golazo, que fue ni él sabía que iba a ser el último. Los problemas en su maltrecha cadera hicieron el resto, hasta llegar a hoy. 172 goles con el conjunto bilbaíno que le aúpan al Olimpo de los Dioses, convirtiéndose en el sexto máximo goleador de la historia rojiblanca. En los últimos 60 años, sólo dos mitos como Zarra y Dani marcaron más tantos que él, que pasa a engrosar la lista de leyendas vivas del Athletic Club. Agur, Aritz.

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Fernando Castellanos

Periodismo deportivo en vena. En NdF desde 2006. Hacer todo lo que puedas es lo mínimo que puedes hacer.