Con la mano abierta

Luis-Enrique-Celta

Uno de los equipos en el que tengo muchas esperanzas depositadas es el Celta de Vigo. El año pasado las pasó canutas para salvar la categoría y el hecho de mandar a tomar fanta a Abel Resino me pareció una gran decisión. No es por quitarle mérito al entrenador, pero la verdad es que bajo su mando los gallegos lograron la salvación sobre la bocina y con la particularidad del estilo naderístico, basado, básicamente, en jugar a la más absoluta nada, lo que elevó a categoría de hazaña lo cosechado por un conjunto que acababa de aterrizar en Primera. La directiva celeste apostó para el segundo año por Luis Enrique, teórico antítesis del exguardameta colchonero y de momento no se puede hablar de un inicio soñado. Ayer, sin embargo, en La Rosaledad le ofrecieron un respiro. Y bien que lo aprovechó.

Luis Enrique representa la pasión por el fútbol de toque, la búsqueda de la excelencia a través del balón. La encontró en el filial del Barcelona y sigue buscándola tras su discreto paso por la Roma. En Vigo, a pesar de ser un conjunto modesto, apostaron por el precisamente por su ideario futbolístico. Es joven, tiene carácter y si llegó a ser tanteado por el Barça para el primer equipo por algo será. Con todo, su andadura en Balaídos no ha podido ser peor: antes de que comenzara el choque contra el Málaga sumaba cuatro derrotas consecutivas. Además, no conoce la victoria en casa y el último KO contra el Levante, en el último suspiro, puso en tela de juicio la idoneidad de su continuidad. Quizá para muchos, menos para la directiva celeste.

En vísperas al inicio de la Liga puse al Celta como una de las posibles sorpresas. No son pocos los equipos predestinados a sufrir que acaban dando la campanada y buen ejemplo de ello son el Rayo Vallecano del curso pasado, el Betis de Pepe Mel, el Levante de JIM o el Getafe de este curso. Conjuntos con escasez de recursos que se aprovechan de su errónea condición de pusilánime para sacar la casta, vencer y convencer. Pero al Celta de Lucho se le ha atragantado el marisco y pese a sus buenas intenciones, los resultados han dado la espalda. Ayer, en La Rosaleda, y frente al Málaga, renació de sus cenizas para poner fin al peor inicio de su historia. Un histórico 0-5, siete décadas después, fue la guantá con la mano abierta que dio Luis Enrique a los fantasmas de su destitución. La goleada resonó en la cara de Schuster.

Un triunfo balsámico en un momento donde el estrés empezaba a acumularse y que viene de perlas porque el martes llega el Barcelona. Fueron cinco pero pudieron ser más. Un Málaga endeble, un Caballero que pasó de los elogios por su buen partido en el Bernabéu a comerse cinco chicharros y un rival extasiado ante el alud visitante demostraron que en este campeonato puede pasar cualquier cosa. Luis Enrique toma aire antes de recibir a su Barça. No hay tiempo para festejar nada, porque no dejan de ser tres puntos. El Celta sale del descenso pero el atolladero es muy grande. La Liga es una carrera de fondo y en eso se basa el proyecto del asturiano, que firmó por dos cursos. Mandarlo al limbo tan temprano quizá hubiese impedido disfrutar de un gran triunfo pero, sobre todo, hubiese traído la inestabilidad que provocan los cambios. Tiempo al tiempo, que el Celta, como Roma, no se construye en un día.

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.