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No tengo muy claro en qué momento comenzó el idilio con Ricardo Quaresma (26/09/1983). Sí sé que fue a raíz de su fichaje por el FC Barcelona, allá por 2003. El portugués fue el tercer refuerzo que llevaba a cabo Joan Laporta, elegido presidente un mes antes, tras los de Rüştü Reçber y Rafa Márquez. Quaresma tenía entonces 19 años, llegaba de la prolífica cantera del Sporting CP y en Portugal le conocían como el  ‘Harry Potter del José Alvalade’. Por su magia, evidentemente.

El vacío que había dejado Luis Figo años atrás por la banda derecha no la había conseguido llenar otro futbolista luso que ocupaba también dicho carril, y que en su periplo por el Camp Nou, tampoco funcionó: Simao Sabrosa. Precisamente el dorsal ’20’ que dejó quien más tarde terminaría jugando en el Atlético o en el Espanyol, es el que heredó Quaresma, cuyas primeras palabras al conocerse su fichaje sonaron a aviso: «Es un orgullo que me comparen con Figo, pero yo sólo tengo 19 años».

Fue en un duelo de pretemporada, ante el Milan en Estados Unidos, cuando Quaresma destapó el tarro de las esencias. Tras una fenomenal asistencia de Ronaldinho, el epicentro del círculo virtuoso de Laporta, el portugués marcó su primer tanto con la elástica blaugrana. Su golpeo único con el exterior del pie, cuyo principal exponente fue Ricardo, apenas se vislumbró en un año ―lo que duró en la Ciudad Condal― en la que comenzó bien, a las órdenes de Frank Rijkaard, y terminó marchándose por la puerta de atrás al Oporto en una operación que trajo al Estadi a Deco.

Su inconfundible trivela apenas tuvo protagonismo, su relación con el técnico y con su segundo, Ten Cate, se evaporó y con un gol en 20 partidos, su periplo por Barcelona fue más bien fugaz. En 2003, el Sporting tenía en sus filas dos jóvenes promesas destinadas a hacer cosas grandes en el fútbol. Una, Quaresma, por la que el Barça pagó 6 millones de euros; y otra, un tal Cristiano Ronaldo, por el que un mes más tarde el Manchester United abonó 17,35 kilos.

En ningún momento, a partir de ahí, le perdí la pista a Quaresma, que regresó al campeonato portugués para enrolarse en las filas de uno de los rivales históricos del club en el que se había formado. En el Oporto, que acababa de cosechar la Champions League, fue madurando hasta el alcanzar, seguramente y visto con perspectiva, su cénit como futbolista. Fue en Do Dragão donde obsequió a los seguidores de sus mejores obras de arte y en donde dejó claro que la Primeira Liga se le quedaba pequeña… o no.

Porque en 2008 fichó por el Inter de Milán, que pagó alrededor de 20 millones por él. Pero en la Serie A, a las órdenes de José Mourinho, tuvo la misma escasa fortuna que en el Camp Nou, siendo reconocido su nefasto paso por el Calcio con el Bidone d’oro, la antítesis del Balón de Oro y que se otorgaba ―ya no― al futbolista más decepcionante del torneo italiano. Por entonces (2008) tenía cierta repercusión mediática. Su cesión en el Chelsea, su retorno a San Siro… fueron pasando los trenes de las grandes ligas sin que Quaresma se subiera a ninguno de ellos. Al final, en 2010, firmó por el Besiktas, donde más allá de aquel altercado con Nihat porque éste la acusaba de chupón, encontró su sitio y las buenas sensaciones.

Al-Ahli (2013), de nuevo el Oporto (2014), regreso al Besiktas (2015) y Kasimpasa (2019) han sido sus clubes desde que alcanzara la treintena y no terminara fichando por algún conjunto de alguna gran liga. Todavía en forma, y a sus 36 años, tras finalizar contrato con el modesto cuadro turco y ser una de esas joyas en paro hasta hace unos días, se enfrasca en su penúltimo reto como futbolista. Regresa a casa, al campeonato que le vio nacer, para enfundarse la zamarra del Vitória Sport Clube. En Guimarães, a las órdenes de Tiago Mendes ―exjugador del Atlético― que asume el cargo de técnico, buscará de reverdecer viejos laureles liderando el ilusionante proyecto de los conquistadores.

Quaresma ficha por dos temporadas con opción a una tercera. Si cumple su contrato, rozará la cuarentena haciendo lo que más le gusta: driblar, centrar, asistir y, sobre todo, ejecutar con maestría su gesto técnico más característico, la trivela. Como cuando 16 años atrás abandonó el Barcelona, seguiré sus pasos y aprovecharé, de buen seguro, alguna de sus exquisiteces en el campo para trasladarlas a la hoja en blanco. Su golpeo con los tres dedos siempre ha sido su mejor recurso. Y para el arriba firmante, la excusa perfecta para hablar de él.

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Fernando Castellanos

Periodismo deportivo en vena. En NdF desde 2006. Hacer todo lo que puedas es lo mínimo que puedes hacer.