rubi betis

Para el espectador neutral, el epílogo que tuvo lugar en el Benito Villamarín no pudo ser más estimulante: en poco más de cinco minutos, tres goles. Para el aficionado del Granada, una montaña rusa de emociones: de tener ganado el partido a verse abajo en 180 segundos. Y para el del Betis, un bajonazo de dimensiones bíblicas tras darle la vuelta al tanteador y ver cómo se escapaba la enésima victoria del curso. Y con ella, las opciones de aproximarse a puestos europeos.

La buena noticia para Rubi y los suyos es que las gradas del feudo verdiblanco andaban huérfanas de aficionados. Y que el sonido ambiente creado para la ocasión solamente se escucha por televisión y, dudo mucho, que incluya gritos como el que seguramente, en más de un hogar anoche, se escucharían en contra del técnico vilasarense. Tampoco el público virtual estaba por la labor de sacar sus pañuelos tras el tropiezo ante el conjunto nazarí. Pero de haber habido seguidores, a muchos se les hubiesen agotado los klínex.

Y es que el retorno a la competición no podía estar saliéndole peor al Betis. Y eso que antes del parón se impusieron al Real Madrid. Pero el derbi sevillano, en el que no hizo acto de presencia, y ayer, en otro derbi autonómico, situaron una vez más en la diana a su entrenador, que en su trayectoria por Heliópolis vive de ultimátum en ultimátum. 29 jornadas bajo sospecha. Y de momento aguanta.

Los problemas crecen en un equipo diseñado para otra cosa que para deambular por la clasificación como alma en pena. El fútbol del Betis no es reconocible: la hoja de ruta vive constantes vaivenes. Cuando de pronto aparece una dinámica positiva, es incapaz de engancharse a ella. Y más allá de todo ello, la falta de capacidad física y mental para cerrar los partidos, como el caso de anoche, es grotesca.

Las teorías sobre que se hayan alineado los planetas para que ni los fichajes cumplan con las expectativas, la mala suerte en momentos puntuales o algunas decisiones arbitrales le hayan perjudicado en ciertas veladas ―que ha llegado a suceder― se caen por su propio peso si ante un Granada contra las cuerdas, al que has minado la moral tras marcarle dos goles en tres minutos, es capaz de igualar la contienda por falta de rigor defensivo.

Es la tónica habitual de un Betis al que ya le pasó lo mismo, por ejemplo, ante el Mallorca (perdía 1-2, se puso 3-2 y terminó empatando 3-3) y que ha visto cómo la cabeza de su entrenador se salvaba in extremis como cuando logró tres triunfos seguidos tras caer frente al Sevilla en la primera vuelta o hacer lo propio, tras la enésima racha irregular, justo antes del parón.

Ahora, con el agua al cuello económicamente, desprenderse de Rubi no parece la mejor idea. Una apuesta seria por la que la entidad heliopolitana no dudó en pagar su cláusula de rescisión de un millón de euros el pasado verano. Firmó por tres temporadas, pero a día de hoy su continuidad está en el alambre. Su buen hacer en Cornellà no lo ha podido replicar, de momento, en Sevilla y ya únicamente le quedan nueve balas en la recámara.

La pregunta sería si el hipotético recambio del catalán podría obrar el milagro de clasificarlo para Europa. Eso, si no se enreda más la situación y lo que toca es evadir la zona de descenso. Durante esta campaña, lo más arriba que ha estado el Betis es la novena posición tras la sexta jornada. Entre los tres últimos ha estado tres. El suelo europeo ni lo ha pisado. Quizá las expectativas eran demasiado altas. Quizá a Rubi le siga faltando tiempo. Aunque lo que es imperdonable es que encuentros como el de ayer, donde estuvo remando contra corriente y consiguió remontar un marcador en contra, se le escapen los puntos con esa recalcitrante indiferencia.

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Fernando Castellanos

Periodismo deportivo en vena. En NdF desde 2006. Hacer todo lo que puedas es lo mínimo que puedes hacer.